Producción sustentable
Crean herramienta para que las pymes certifiquen triple impacto ¿de qué se trata?
Organización empresaria presentó su herramienta de certificación. Conocé cómo se usa y quiénes pueden utilizarla
Por: Gabriela Arias mail
La sostenibilidad dejó de ser únicamente una declaración de principios para convertirse en una condición de competitividad. Hoy, producir con propósito no solo responde a una demanda social creciente, sino que también define la posibilidad de acceder —y mantenerse— en mercados cada vez más regulados y exigentes a nivel internacional. Las cadenas globales incorporan estándares ambientales y sociales más estrictos, y las empresas que no logran adaptarse corren el riesgo de quedar rezagadas.
En ese escenario, la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (Came) presentó su programa de “Certificación Triple Impacto”, una herramienta diseñada para acompañar a las organizaciones en la incorporación de estándares ambientales, sociales y de gobernanza a su modelo de negocios.
El lanzamiento se realizó en el marco de una jornada impulsada por la entidad, que incluyó además capacitaciones en técnicas de venta dictadas por Daniel Carballo, consultor y licenciado en comercialización.
En ese contexto, desde la cámara detallaron los alcances del programa y su potencial impacto en el entramado productivo, en un escenario donde la sostenibilidad se consolida como un eje estratégico para todas las compañías del entramado productivo.
Un proceso que comenzó años atrás
Si bien la certificación se presentó recientemente, su desarrollo no es nuevo. Desde 2012, Came cuenta con un departamento de Responsabilidad Social y Desarrollo Sostenible, uno de los primeros dentro de una entidad gremial empresaria en el país.
Ese recorrido previo permitió detectar inquietudes y demandas crecientes entre las pymes, en especial en sectores vinculados a economías regionales y producción agroalimentaria.
El proyecto comenzó a gestarse formalmente en 2018, cuando distintas empresas advirtieron que los mercados —sobre todo internacionales— comenzaban a exigir acreditaciones ambientales y sociales cada vez más específicas.
“Veíamos que muchas pymes no encontraban un estándar que reflejara integralmente su realidad productiva. La certificación nació con el espíritu de responder a necesidades tanto locales como globales, fomentando producciones más sostenibles que permitan posicionar a las empresas nacionales en mercados cada vez más exigentes”, explicó Micaela Tommasini, jefa de Responsabilidad Social y Desarrollo Sostenible de Came y responsable técnica del programa.
A partir de ese diagnóstico, la entidad impulsó la creación de una mesa de trabajo sectorial y abrió un proceso colaborativo para diseñar una herramienta propia. El resultado fue una certificación concebida —según remarcan desde la institución— “por pymes y para pymes”, con una estructura gradual que busca facilitar la implementación.
Cómo funciona la certificación
El proceso completo tiene una duración estimada de seis meses y se organiza en cuatro etapas: ingreso al programa, implementación con asistencia técnica, auditoría externa y evaluación final.
Durante la fase de implementación, la empresa cuenta con el acompañamiento de un técnico especializado que orienta la adecuación de procesos y la recopilación de documentación. La auditoría, en tanto, es independiente y se realiza bajo el esquema de tercera parte, en alianza con la Cámara Argentina de Certificadoras (Cacer).
Una vez superada la instancia de verificación, el informe es elevado a un comité de certificación integrado por expertos, que define el otorgamiento del sello y el nivel alcanzado. Las compañías que completan satisfactoriamente el proceso pueden utilizar la marca de Certificación Triple Impacto correspondiente.
El esquema contempla tres niveles (1, 2 y 3), con exigencias progresivas. Esta modalidad permite que las empresas se incorporen al programa según su grado de desarrollo y avancen en una lógica de mejora continua.
Qué evalúa el programa
La certificación se estructura en torno a cuatro ejes: sistema de gestión sustentable, gestión ambiental, gestión social y mejora continua.
En la práctica, esto implica evaluar aspectos como cumplimiento normativo, eficiencia en el uso de recursos hídricos y energéticos, gestión de residuos, prevención de la contaminación, conservación de ecosistemas, condiciones laborales, respeto por los derechos humanos, seguridad e higiene, comercio justo y vinculación con la comunidad.
Los protocolos toman como referencia criterios internacionales desarrollados por The Consumer Goods Forum y lineamientos de la Sustainable Supply Chain Initiative (SSCI), además de normas reconocidas globalmente como ISO, Global GAP, Smeta/Sedex y FSSC 22000, entre otras, siempre en concordancia con la normativa local.
Según explicó Tommasini, más allá de las exigencias externas, el proceso genera un impacto puertas adentro: “Transitar la certificación permite a las empresas registrar y sistematizar prácticas que muchas veces ya realizan, pero que no forman parte explícita de su estrategia. Ese ordenamiento mejora la eficiencia y, en definitiva, la competitividad”.
Una demanda que crece
Aunque los sectores más orientados a la exportación son los que actualmente muestran mayor interés —por las condiciones de acceso a determinados mercados—, desde la entidad observan que la preocupación por la sostenibilidad se extiende a un universo más amplio de actividades.
La trazabilidad, la transparencia en los procesos productivos y la gestión responsable de recursos dejaron de ser atributos diferenciales para convertirse en requisitos crecientes dentro de numerosas cadenas de valor.
En ese marco, la Certificación Triple Impacto busca ofrecer una hoja de ruta concreta para empresas que necesitan adaptarse a un entorno más complejo, donde la rentabilidad convive con la obligación de reducir impactos y generar valor social.
El desafío, coinciden desde la cámara, no radica únicamente en obtener un sello, sino en consolidar un cambio de paradigma productivo. Uno en el que el crecimiento económico esté acompañado por responsabilidad ambiental y compromiso con la comunidad. Porque en la discusión actual sobre desarrollo, producir ya no es solo una cuestión de volumen o eficiencia: también implica hacerse cargo de la huella que cada actividad deja en el territorio y en las generaciones futuras.



