Del laboratoria a la industria
Se come, se toma y ahora sirve para envolver alimentos
Científicas de la UBA crearon material biodegradable y compostable que, además, retrasa el deterioro de los alimentos y reemplaza al plástico. Cuál es la proyección
Por: Milagros Oliver mail
Cuatro científicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) desarrollaron un film transparente y flexible que se degrada en poco tiempo, nutre la tierra y hasta se puede comer. La clave está en dos ingredientes bien locales, como el almidón de mandioca y el extracto de yerba mate.
El trabajo se lleva adelante en el Laboratorio de Polímeros y Materiales Compuestos de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, con Lucía Fama - investigadora del Conicet - como directora. Además, el equipo está integrado por Natalia Hermoso -tesista de Ciencias Físicas-; Leiza Fernández - becaria doctoral en Tecnología Química -; y Julieta Pajoni - becaria doctoral en Ciencias Físicas-.
El objetivo del proyecto es reemplazar parte de los plásticos derivados del petróleo por materias primas renovables de origen nacional, otorgando valor agregado a la fécula de mandioca y a la yerba mate mediante el desarrollo de films biodegradables aptos para el envasado de alimentos.
La elección de la materia prima no fue casual. Según explicó Famá a Ecobiz, el almidón tiene una propiedad clave y es que al combinarlo con sustancias plastificantes y ser tratado térmica y mecánicamente, se vuelve un material termoplástico y flexible, ideal para películas y empaques. Además, proviene de la biomasa y se extrae de cultivos argentinos como la papa y la mandioca. Es abundante, de bajo costo y biodegradable.
“Son bien conocidas las características antioxidantes de la yerba, tiene polifenoles que previenen la oxidación de los alimentos, y además aporta nutrientes”, señaló la investigadora. El extracto, además, aceleró la degradación de las películas en abono vegetal y mejoró la flexibilidad del material.
El doble problema del plástico
El desarrollo apunta a dos problemas concretos, que son la no biodegradabilidad y la mala conservación de los alimentos a largo plazo.“Los plásticos convencionales tardan cientos de años en degradarse y, en muchos casos, no hay una degradación real, sino una fragmentación en microplásticos”, explicó Fama.
La permeabilidad del material limita el intercambio de humedad y oxígeno con el ambiente, dos factores determinantes en el deterioro de los productos. Es flexible, totalmente biodegradable y, al ser comestible, podría consumirse junto con el alimento. La idea es usarlo como film o como envase sellado en distintos productos alimentarios.
Del laboratorio a la industria
Uno de los puntos más destacados del desarrollo es que no requiere nueva maquinaria. El grupo fabrica el material con una extrusora y una calandra, equipos presentes en cualquier empresa de plásticos. Las compañías solo tendrían que reemplazar sus insumos actuales por los del nuevo material.
Sin embargo, Fama aclaró que el camino no es inmediato. “Muchas veces se acercan empresas pensando que el material ya está optimizado y buscan algo que se pueda comercializar. Nosotros somos un grupo de investigación y desarrollo: formulamos y estudiamos las propiedades de los materiales a escala piloto”, explicó. Para escalar, hace falta que una empresa invierta en el proceso, destinando personal, insumos y maquinaria para optimizar las formulaciones y, probablemente, frenar por un tiempo su producción habitual.
Fama aseguró que la apuesta no pasa por el reciclado: “Son muy convenientes los materiales reciclables, pero en la Argentina existen pocos lugares para hacerlo, por lo que siempre hay residuos de más”. Por eso el foco está en productos biodegradables y compostables que le devuelvan algo a la tierra.
Según afirmó Fama, el proyecto también abre una oportunidad para las cadenas productivas de mandioca y yerba mate, al darle uso a materiales que hoy no se destinan a la industria alimentaria, como el polvo de yerba que a menudo no se consume o la fécula de mandioca. Sin embargo, la investigadora insistió en que se necesita inversión para optimizar el desarrollo.
“La fabricación del material no debería implicar sacar alimentos para hacer un material”, subrayó. Por eso se prioriza el uso de partes de la planta que no van al consumo y de subproductos como el polvo de molienda de la yerba, un descarte frecuente.
El objetivo a largo plazo es contar con un material de impacto ambiental nulo, fabricado con insumos que no estén destinados a la industria alimentaria. En ese sentido, el equipo también proyecta sumar otros residuos agroindustriales de los que puedan extraerse activos que mejoren las propiedades del material base. Como próximo paso, incorporarán compuestos antimicrobianos obtenidos por síntesis verde, para potenciar aún más la conservación.


