Miel con historia
"Lo más sostenible es apostar a la identidad"
Ana Sayago integra la cooperativa Coopsol y organizaciones rurales y de finanzas verdes. Cuenta cómo se puede producir y conservar
Por: Gabriela Arias mail
A los 31 años, Ana Laura Sayago se mueve entre mundos que pocas veces aparecen conectados: cooperativismo, exportación, blockchain, liderazgo femenino, financiamiento sostenible y ruralidad profunda.
Trabaja en la cooperativa Coopsol, es vicepresidenta de la red Mujeres Rurales Argentinas y además integra Sumatoria, una organización enfocada en finanzas sostenibles e impacto social. Pero detrás de esos roles hay una misma búsqueda: demostrar que otra economía rural es posible.
Desde Santiago del Estero, Sayago, impulsa un modelo que combina producción orgánica, agregado de valor en origen, preservación del monte nativo y desarrollo territorial. Un entramado que hoy exporta miel orgánica a Japón y Francia, incorpora herramientas de trazabilidad con blockchain y trabaja con comunidades rurales alejadas de los grandes centros urbanos.
“Consumir miel orgánica es consumir tres kilómetros de monte nativo preservado alrededor de cada colmena”, resume.
Una apuesta con impacto social y ambiental
La historia comenzó hace 36 años, cuando un grupo de socios fundadores decidió crear una cooperativa para generar trabajo en comunidades rurales del norte argentino. Hoy Coopsol reúne a unas 20 personas y articula redes de productores en Santiago del Estero, Chaco, Salta, Formosa y Jujuy.
Pero Sayago insiste en desarmar una idea instalada sobre el cooperativismo. “No romantizamos las cooperativas. A veces son incluso más difíciles que una startup”, dice. Y explica: “Hay momentos en los que tenés que decidir entre el impacto social y el modelo de negocio. Si no pensamos en las personas, nuestro modelo no se puede sostener”.
La cooperativa fue pionera en certificar miel orgánica en la región del Gran Chaco americano. Para lograrlo trabajan con enormes extensiones de monte nativo preservado: alrededor de 17.000 hectáreas en distintas comunidades rurales.
“Cada vez es más difícil conseguir territorios sin contaminación y preservar esos ecosistemas”, explica Sayago. “Por eso producir orgánico también implica generar ingresos que permitan que las familias quieran quedarse en esos lugares”.
En ese esquema, la apicultura funciona como motor de desarrollo. Según cuenta “En Santiago del Estero no existía una cadena apícola profesional. La cooperativa se encargó de ir llevando ese desarrollo comunidad por comunidad”.
"Cada vez es más difícil conseguir territorios sin contaminación y preservar los ecosistemas"
Comenzaron entregando 69 colmenas y hoy ya superan las 450. “Ahora ya no solo trabajan los padres o los tíos. También los hijos y sobrinos tienen sus propias colmenas”, cuenta.
La construcción de valor agregado fue otro de los grandes desafíos. A través de la marca Wayra, Coopsol logró exportar miel fraccionada en origen a Japón y Francia con certificaciones orgánicas y de comercio justo. Además, desarrolló una miel monofloral de atamisqui - un arbusto nativo santiagueño - que obtuvo Indicación Geográfica nacional, que es muy buena como sello de identidad para un alimento ya que indica que sólo en ese lugar se puede producir. “Es como una denominación de origen que certifica el territorio, como el champagne en Francia o el roquefort”, explica Sayago.
La cooperativa también avanzó en proyectos tecnológicos poco habituales para economías regionales. Junto al BID Lab desarrollaron un sistema de blockchain que permitía rastrear cada frasco de miel mediante códigos QR y conocer desde qué productor y apiario provenía.
“Lo logramos implementar y funcionó muy bien. El desafío ahora es sostener económicamente la plataforma”, reconoce.
Cuando producir no alcanza
Para Sayago, el gran problema de las economías regionales no pasa solamente por la producción, sino por las condiciones estructurales. “Mi flete cuesta prácticamente lo mismo que la caja de miel”, grafica. Y agrega: “No podemos competir igual que los grandes grupos exportadores porque agregamos valor local y trabajamos con otra escala”.
En ese punto, el acceso al financiamiento aparece como una de sus principales preocupaciones.“El crédito no es solo dinero. El crédito es tiempo”, sostiene. “Una pyme necesita tiempo para crecer, para sostener procesos y generar impacto”.
"Lo más sostenible es apostar a la identidad"
Su mirada sobre sostenibilidad también busca escapar de los discursos vacíos. Aunque reconoce el avance del llamado greenwashing, cree que el cambio cultural ya empezó y hay más conciencia.“Los consumidores hoy hacen preguntas. Antes eso no pasaba”, afirma.
Mujeres que ganan espacio en la ruralidad
Pero si hay un eje que atraviesa toda su trayectoria es el liderazgo de las mujeres en la ruralidad. Desde Mujeres Rurales Argentinas impulsa espacios de formación, representación y acompañamiento en un sector históricamente masculinizado. “En muchos espacios rurales seguimos siendo menos del 10%. Hay que romper ese número”, plantea.
Según explica, muchas veces las mujeres ya lideran proyectos productivos, pero todavía falta reconocimiento y acceso real a espacios de decisión. “Nadie te va a venir a decir ‘ocupá este lugar’. Hay que ir y ocuparlo”, sostiene.
Sayago cree que el futuro del desarrollo rural argentino dependerá de fortalecer liderazgos locales y generar oportunidades concretas para permanecer en los territorios.
“Lo más sostenible es apostar a la identidad”, dice. “Me gustaría ver a los santiagueños empoderarse de la santiagueñidad y de sus formas de producir”.
En un contexto económico adverso, insiste en sostener la apuesta. “Creo que las cosas se pueden hacer de otra manera. Lleva tiempo, pero cuando miramos hacia atrás vemos los impactos”, concluye.


