En primera persona
“No deberían existir bonos de carbono como premio, sino bonos castigo por degradar”
Rodolfo Zechner, de La Invernada, es uno de los productores que cobraron por primera vez los créditos de carbono generados a través de la ganadería regenerativa. Conocé su historia
Por: Paola Papaleo mail
Un replanteo del modo en cómo venían trabajando su campo y un consenso familiar, fueron las bases para que el ingeniero agrónomo Rodolfo Zechner y su esposa - la veterinaria Bettina Mampaey -, hicieran la especialización en manejo holístico de ganadería que les permitió dar un giro en la forma de producción de su tambo. “Hicimos el cambio de un sistema intensivo a uno más conservador, dejamos los verdeos y comenzamos a trabajar con pasturas perennes, respetando todos los procesos de una ganadería regenerativa”, recuerda Rodolfo al contar la decisión que tomaron en el año 2021.
Desde principios de los años 90 cuando se pusieron al frente de La Invernada, un campo que pertenecía a la abuela de Bettina, el cuidado del ambiente siempre estuvo como un objetivo central.
Comenzaron con la producción de ganado sobre pastizales naturales con manejo planificado, y en el año 2008 se volcaron a la producción orgánica con distintas actividades como cría, engorde, tambo y agricultura. Pero la búsqueda de un proceso que realmente representara su modo de vida llegó años más tarde. Luego de un intervalo en el que dejaron lo orgánico para dedicarse de forma más intensiva al tambo sobre base pastoril, descubrieron que la respuesta estaba en la ganadería regenerativa con manejo holístico. “Lo más profundo fue plantearnos cómo estábamos haciendo las cosas, cómo nos relacionamos con la naturaleza y con los recursos que usamos para la producción de alimentos. Qué impacto tiene el actuar nuestro en el día a día”, dijo el ingeniero agrónomo.
Así, decidieron bajar el nivel de intensificación y reconvertir el planteo productivo para hacer realidad su intención de un campo con propósito porque “la armonía lograble de compartir un propósito en conjunto está muy por encima de un resultado económico o una decisión técnica”, explica.
En el campo ubicado en Colonia Belgrano, Santa Fe, el ganado se distribuye en dos tambos de 500 vacas de ordeñe cada uno. Además de la cría y recría, cuentan con un sector para crianza y pre parto y con toros para reproducción de terceros.
Tomar conciencia
Para Zechner entender qué es la ganadería regenerativa u holística implica preguntarse por qué es necesario regenerar. Y la respuesta, dice, es porque “a lo largo de nuestra historia lo que hemos hecho es degradar o degenerar”. Así lo confirma con datos de la realidad: “Cuando recorremos los campos lo primero que encontramos es suelo desnudo, disminución de materia orgánica por debajo del 2%, compactación del suelo, falta de cobertura y filtración. Además de la degradación de los recursos y la contaminación”.
El productor resalta la importancia de tener presente el síntoma de nuestras propias acciones para pensar qué podemos hacer como solución. Para restaurar la situación inicial destaca la necesidad de trabajar sobre los cuatro procesos ecosistémicos: ciclo del agua, nutrientes, biodiversidad y flujo de energía. De esta forma, describe que “el núcleo para restaurar un sistema es perennizar los campos, que el suelo esté cubierto y los rayos de sol estén aprovechados durante todo el año, y que cuando llueva el agua pueda filtrar en el suelo”.
Sin datos no hay regeneración
“Por medio de un buen manejo y planificación de pastoreo y desarrollo de biomasa, lentamente se va mejorando la fertilidad del suelo. Mediante la incorporación de la bosta y orina de los animales, el pastoreo mesurado no intensivo permite los rebrotes y cobertura del suelo” asegura, pero, al mismo tiempo, aclara que “solo es válido hablar de que estoy en un proceso de regeneración si estoy midiendo”.
El método oficial de medición es el EOV o Grass creado por el Savory Institute, la organización internacional fundada por el ecólogo y ganadero Allan Savory, para certificar los campos que practican la ganadería regenerativa. Mide los cuatro procesos ecosistémicos considerando 16 indicadores de corto plazo y, cada cinco años, mide carbono del suelo y biodiversidad.
En Argentina y Latinoamérica, la iniciativa es promovida por Ruuts y Ovis 21 bajo el programa Sara (Sudamerican Regenerative Agriculture Ranching Program) que permite conocer a los productores si están secuestrando, emitiendo o si no hay cambios. “Es un sistema de medición que se basa por un lado en saber de dónde parto, conocer todo lo que emito y cuál es mi cambio de manejo. Si genero más biomasa a lo largo del tiempo, es porque estoy secuestrando más dióxido de carbono en la atmósfera por medio de las plantas y las raíces”, detalla Rodolfo. Al mismo tiempo, agrega que “el grueso de los sistemas bajo monitoreo en Argentina están en un rango intermedio, donde todavía necesitan mucho trabajo y apoyo para poder lograr la regeneración”.
Resultados que se cobran
En La Invernada integran el programa Sara desde 2022 y forman parte de los aproximadamente 100 productores argentinos que este año cobraron por primera vez por los créditos de carbono generados en el mercado voluntario a través de la ganadería regenerativa. La evaluación, que se realiza todos los años, incluye la carga animal y el crecimiento de pasto que contrarresta la emisión del dióxido de carbono de los rumiantes. “Si el pasto crece más de lo que las vacas emiten, el balance es de secuestro de carbono”, indica Zechner.
En su campo, los beneficios están a la vista: “En lo ambiental hemos tenido resultados muy buenos avalados por los datos de las mediciones en cuanto a la salud del suelo y del ecosistema. Con respecto al desarrollo de las personas hemos logrado una toma de conciencia y un involucramiento en el programa de desarrollo de todo el equipo. En lo económico el resultado no es en función de la cantidad de litros ni de kilos, sino de cómo se produjo ese kilo o litro y con qué costo”. También destaca resultados positivos para la salud, reproducción y bienestar animal, al haber dejado de usar transgénicos y agroquímicos, y reemplazar los antibióticos por tratamientos homeopáticos. Por lo tanto, si bien en términos de producción del tambo la ganancia es menor o muy similar en recría, como resultado global valora haber bajado riesgos y costos.
Un bono es una tonelada de dióxido de carbono equivalente por hectárea por año, cuyo valor dependerá de la calidad relacionada al largo plazo con que el carbono está fijado en la tierra. “En el caso nuestro son alrededor de 4 toneladas de dióxido equivalente por hectárea por año”, comenta. Estos bonos salen a la venta en conjunto y a medida que se venden se paga proporcionalmente a todos los productores. “Los puede comprar todo el que tenga medida su emisión. Se compensa para que quienes producen bajo un sistema regenerativo lo puedan hacer a gran escala, de manera más eficiente y seguir siendo un neto secuestrador de carbono y mejorador de los servicios ambientales. Es una manera de cerrar el círculo”, afirma el ingeniero agrónomo.
Para el dueño de La Invernada “no debería tener que haber un bono de carbono por hacer bien las cosas sino un bono castigo por emitir o degradar”. Y asegura que, si bien aún el mercado no lo valora monetariamente, “los beneficios logrables al trabajar con un modelo regenerativo tienen un impacto económico mucho más grande que un bono”.



