Agricultura y ambiente
La siembra directa entierra carbono y cosecha ganancias
João Carlos de Moraes Sá, referente mundial en dinámica del carbono orgánico del suelo explicó cómo monetizar lo que recupera la agricultura en siembra directa
Por: Paola Papaleo mail
“La siembra directa es una herramienta muy eficaz para recuperar el carbono del suelo y es la base de la agricultura de conservación”. Con esa afirmación, el investigador João Carlos de Moraes Sá, referente mundial en dinámica del carbono orgánico del suelo y sistemas de cultivo de siembra directa (SD), explicó los resultados de un trabajo sobre el tema realizado en conjunto con el Ministerio de Agricultura de Brasil y financiado por el Fondo Europeo, y alentó a los productores a monetizar estas prácticas.
Juca Sá, como se lo conoce en el sector, fue uno de los oradores destacados del 34º Congreso Aapresid, y allí fue categórico en su afirmación: “Fue impactante observar cómo el suelo bajo vegetación natural tiene mucho más carbono que de labranza”, y relató que históricamente esta práctica “provocó una pérdida de carbono de 38% en el bioma del Cerrado y del 45% en el bioma Bosque Atlántico”, indicó el investigador.
Conservar y monetizar, ¿es posible?
Con esa base, Moraes Sá dijo que los productores deben comenzar a sacarle un rédito económico a una práctica que está muy arraigada en la agricultura argentina. Explicó al respecto que el mercado de créditos de carbono, ya sea voluntario o regulado, es la solución para monetizar todos los beneficios de la siembra directa. Para eso, los productores deberán tener en cuenta los pagos por Servicios Ambientales como agua, sistemas forestales, combustible y energía, así como el cálculo de las incertezas relacionadas con el stock.
“Las incertezas son las tasas de probabilidad de que aquello va a ocurrir teniendo en cuenta de que estamos trabajando con un sistema biológico, por ejemplo, si tenemos 100 toneladas para hacer su comercialización calculamos una tasa de incerteza del 12%, lo cual significa que en la realidad el productor puede ofertar 88 toneladas”, detalló.
Con la convicción de que “el sistema de siembra directa basado en sus principios recupera carbono del suelo, y promueve emisiones netas ceros y negativas”, Juca Moraes recordó a los productores que, si bien la remuneración relacionada con el carbono secuestrado puede generar un incremento del 8 al 12% en su rentabilidad, “las cosas en el sistema de cultivo sin labranza no son instantáneas, sino que siguen una escala evolutiva”.
Los resultados del estudio
El estudio evaluó durante 6 años a 63 fincas (26 en biomas en el Cerrado y 37 en Bosque Atlántico) con diferentes zonas climáticas y analizó muestras de suelo desde 0 hasta 100 centímetros de profundidad en tres tipos de uso: el natural o bosque, el sistema de siembra directa y la labranza frecuente. Para determinar el stock de carbono, “el primer conocimiento importante es la distribución”, dijo Moraes.
Con una base de 3.402 muestras determinó que “las raíces son los sensores que van a decir dónde tenemos que muestrear, porque son las que van a explorar la profundidad mucho más abajo buscando agua y nutrientes”.
Así, el primer resultado obtenido al comparar el stock de carbono entre la vegetación nativa del bosque con el de labranza, registró un promedio de 200 toneladas por hectáreas.
Siembra directa, la base de conservación
La comparativa de usos del suelo, a su vez, puso a la siembra directa en el primer lugar como sistema más sostenible: “Se determinó que, en 16 sitios, la SD arrojó un valor de carbono superior al del bosque y demostró que es posible acumular carbono arriba del nivel prístino (estado original del suelo sin alterar)”, indicó Joao Moraes quien, además, integra la Federación Brasileña de Siembra Directa (FEBRAPDP).
La clave está en la aplicación de los tres principios fundamentales que lo definen: ausencia de labranza, mantenimiento del suelo cubierto permanentemente y diversificación de cultivos. Independientemente de la zona climática, con este sistema “se logró una restauración de los suelos, una recuperación de las emisiones netas cero de carbono y emisiones negativas, lo que muestra que es una herramienta efectiva para restaurar y recuperar el activo que fue perdido”, destacó.
Brasil mira a Argentina
Argentina fue el primer país en el mundo en implementar el sistema de siembra directa a principios de la década de 1970. A partir de allí la técnica se fue perfeccionando y su uso se afianzó con la creación en 1989 de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid).
Desde 1972, Brasil sigue los pasos aunque su masificación entre los agricultores es incipiente. “Comenzamos con 200 hectáreas y hoy tenemos 45,8 millones de hectáreas en un área total de cultivos anuales de 71 millones de hectáreas, lo cual implica que aún el 60% de las áreas productivas no utilizan la SD”, dijo Juca.
A lo largo de 54 años, los campos que trabajaron con esta metodología lograron “una reducción de las pérdidas de suelo por erosión de 21 billones de toneladas, equivalente a 8,4 millones de hectáreas preservadas. Esto significa que en Brasil tenemos un camino muy largo y un desafío monstruoso para tentarnos a expandir”, afirmó.
El especialista advirtió que los productores deben saber que los beneficios de la SD no son inmediatos e implica un proceso con seis fases: la inicial hasta 5 años, de transición, de consolidación, de manutención, de pre-estab|ilización, y de estabilización.
Este proceso evolutivo incluye el incremento de la cobertura, actividad biológica, descomposición hasta llegar a las tasas de secuestro de carbono. Se deben tener en cuenta la precipitación, la temperatura y el contenido de arcilla, como las principales co-variables que modifican la duración de cada etapa. “Para nosotros agricultura regenerativa y siembra directa son indisociables, no podemos hablar por separado”, concluyó.



