Día Mundial del Corazón
Qué mirar en una etiqueta para conocer el aporte de sodio
La médica especialista en cardiología y asesora de la marca Glaciar Baja en Sodio explicó cómo evitar el exceso de un nutriente que puede afectar la salud humana
Por: Carolina Arriva (*)
Hay decisiones que tomamos todos los días casi de manera automática: qué compramos para cocinar, qué llevamos al trabajo, qué elegimos para acompañar una comida o qué tomamos para hidratarnos. En muchas de esas elecciones hay una herramienta que tenemos al alcance de la mano y que no siempre aprovechamos: la etiqueta.
Leer una etiqueta no debería ser una práctica reservada para quienes siguen una dieta determinada. Es, simplemente, una forma de conocer mejor qué estamos eligiendo.
Cuando hablamos de sodio, este hábito puede ser especialmente útil. El sodio es un nutriente esencial para el organismo, pero su consumo excesivo y sostenido puede contribuir al aumento de la presión arterial, uno de los principales factores de riesgo modificables para las enfermedades cardiovasculares.
En el marco del Día Mundial del Corazón, que se conmemora cada 29 de septiembre, vale la pena poner el foco en esos pequeños hábitos cotidianos que pueden contribuir al cuidado de la salud cardiovascular. Uno de ellos es prestar atención a lo que incorporamos a nuestra alimentación.
La Organización Mundial de la Salud recomienda que los adultos consuman menos de 2.000 mg de sodio por día. Para acercarnos a ese objetivo, no alcanza solamente con pensar en la sal que agregamos en la mesa: también es importante conocer cuánto sodio aportan los alimentos y bebidas que forman parte de nuestra rutina.
En el caso del agua, hay un aspecto que vale la pena conocer. No todas las aguas tienen la misma composición mineral. Según su origen y el contacto con distintos estratos geológicos, pueden presentar diferentes concentraciones de minerales como calcio, magnesio, potasio, bicarbonatos, sulfatos o sodio.
Entonces, ¿qué deberíamos mirar? Si queremos prestar atención al aporte de sodio, el dato más concreto es la cantidad de miligramos de sodio por litro. Esa información permite comparar distintas opciones y conocer mejor qué estamos incorporando.
También es importante no quedarse solamente con palabras generales como “natural” o “mineral”. La composición mineral ofrece información concreta y permite observar las características de cada agua.
Pero leer una etiqueta no significa buscar un producto perfecto. Significa sumar información a nuestras decisiones. Una diferencia de algunos miligramos de sodio por litro en el agua, por ejemplo, debe interpretarse dentro del conjunto de la alimentación. El mayor aporte de sodio puede provenir de alimentos como panes, quesos, fiambres, embutidos, snacks, galletitas, salsas, aderezos y comidas preparadas. Por eso, una persona puede consumir muy poca sal de mesa y, aun así, tener una ingesta elevada de sodio.
La lectura de etiquetas puede ayudarnos justamente a detectar esas fuentes menos evidentes y a comparar productos similares. Con el tiempo, ese pequeño hábito puede convertirse en una herramienta cotidiana para tomar decisiones más informadas.
También podemos trasladar esa lógica a la cocina: priorizar alimentos frescos o mínimamente procesados, incorporar más frutas y verduras y recurrir a hierbas, especias, ajo o limón para potenciar el sabor de las comidas.
Cuidar la salud cardiovascular no depende de una sola elección. Es el resultado de un conjunto de hábitos sostenidos en el tiempo. Y, en ese proceso, conocer qué consumimos es un buen punto de partida. A veces, cuidar el corazón empieza con algo tan sencillo como mirar una etiqueta antes de elegir.
(*) Médica especialista en Cardiología y asesora de Glaciar Baja en Sodio



