Fábrica a cielo abierto
El campo cordobés que se volvió un laboratorio de bioeconomía
Integran agricultura, producción animal, bioetanol, biogás y energía renovable. Conocé el modelo
Por: Rosana Guerra mail
Las Chilcas es una empresa de agricultura extensiva ubicada al norte de la provincia de Córdoba, en Rayo Cortado (ruta Nacional 9, km 868), que ocupa unas 10.000 hectáreas de producción y en la cual están desarrollando un modelo de economía circular que integra agricultura, producción animal, bioetanol, biogás y energía renovable.
La pata agrícola se divide en 5.000 hectáreas destinadas a maíz y otras 5.000 a soja. En invierno hacen trigo y unas 300 hectáreas de garbanzo, la especialidad de una zona que está al norte de Villa del Totoral y muy cerca del límite con Santiago del Estero.
Se trata de un caso concreto de bioeconomía desarrollada en Argentina, que integra la producción y el conocimiento para aprovechar mejor los recursos, generando nuevas oportunidades y cuidando el ambiente.
Una de las claves de este modelo es agregar valor al maíz en origen. En lugar de que todo ese grano salga del establecimiento como materia prima, parte se transforma en bioetanol y en alimento. En estos diez años ya produjeron más de 50 millones de litros de bioetanol, utilizaron 135 millones de kilos de maíz que no fueron al puerto y generaron más de 90.000 toneladas de burlanda, que vuelve al sistema como alimento animal.
El maíz se destina para autoconsumo en el feedlot, en la granja porcina y en la mini destilería de etanol.
El biodigestor está ubicado a apenas 2.500 metros el feedlot - por donde pasan 32.000 animales cada año y tiene una capacidad instalada de unos 18.000 animales - y de la granja porcina, que concentra el 80% del purín de cerdo. Utiliza los efluentes y residuos orgánicos para generar biogás, mientras que el biol (abono orgánico líquido que se obtiene) resultante vuelve al campo aportando nutrientes a los cultivos.
En este entramado de bioeconomía circular el protagonista es el biodigestor que procesa los desechos de los cerdos y el ganado y también vinaza, para generar la energía que mueve la planta de etanol. “Lo que en otro sistema podría ser un residuo o un problema ambiental, acá vuelve a incorporarse al proceso productivo”, cuenta Jorge Rocha, gerente de Bioindustria de Las Chilcas.
La pata porcina también es relevante en este proceso: actualmente producen 2 millones de kilos de carne por año (unos 15.500 capones) y es clave en el agregado de valor a los granos y en el desarrollo regional.
La planta de etanol necesita combustible para generar calor, por eso el vapor que genera el biodigestor se logra con biogás que se produce a partir de los desperdicios de la granja porcina y el feedlot.
Mediciones, energías renovables y sustentabilidad
En esta empresa se realizaron mediciones en el marco del Programa Carbono Cero de la Provincia de Córdoba. Ya se contabilizaron alrededor de 5.000 toneladas de CO2 que se evitaron emitir al ambiente, a través de la utilización del biodigestor. Sin embargo, desde la empresa reconocen que esta fue la única medición realizada y no hubo posteriores.

Además el establecimiento sumó las energías renovables a su estructura productiva. Actualmente cuentan con 360 paneles solares, con una potencia informada de 0,4 MW, incorporando otra fuente de energía renovable al sistema tradicional.
“En definitiva, buscamos que el maíz, los animales, los efluentes y la energía no funcionen como actividades aisladas, sino como partes de un mismo sistema productivo”, agregan desde Las Chilcas.
Para ellos la sustentabilidad tiene tres pilares: económico, ambiental y social. El objetivo es que el desarrollo de la empresa sea viable desde esas tres dimensiones y que puedan integrarse entre sí. Es una definición que forma parte de su enfoque de gestión. En lo ambiental, buscan producir cuidando los recursos y aprovechando mejor los insumos, los efluentes y los subproductos. En lo económico, agregan valor en origen tratando de transformar recursos propios en alimentos y energía. Y la dimensión social también forma parte de esa visión de desarrollo.
Desde la empresa resaltan que este modelo no nació de un día para otro ni de un esquema teórico diseñado de antemano. Se fue construyendo a medida que crecieron, buscando mejores maneras de producir y de resolver los desafíos ambientales de una manera sustentable. “Esa evolución es la que terminó conectando agricultura, ganadería, bioetanol, biodigestor y energías renovables dentro de un mismo modelo”, añade Rocha.
Logros palpables
Entre sus principales logros mencionan el haber conseguido que la sustentabilidad se traduzca en procesos productivos concretos, y no solamente en una declaración. Hoy disponen de un sistema donde aprovechan efluentes y estiércol, generando biogás y bioenergía y devolviendo nutrientes al suelo mediante el bioetanol. También participaron junto a CREA-WUR en la medición de su modelo de economía circular, lo que les permitió establecer indicadores y una línea de base para evaluar sus prácticas.
Dentro de esa medición obtuvieron, entre otros resultados, un 63% de valorización de residuos y un 84% de circularidad de insumos. Además, realizaron un Inventario de Gases de Efecto Invernadero (GEI) de acuerdo con la Norma ISO 14064-1:2018, tomando 2022 como período base.
A esos indicadores se suman resultados concretos del propio sistema productivo: más de 50 millones de litros de bioetanol producidos, 135 millones de kilos de maíz valorizados en origen, más de 90.000 toneladas de burlanda y 360 paneles solares con una potencia de 0,4 MW. También se contabilizaron alrededor de 5.000 toneladas de CO₂ evitadas asociadas al biodigestor en la medición realizada en el marco del Programa Carbono Cero.
Por otra parte también hay otras prácticas ambientales que forman parte del sistema: conservaron más de 400 hectáreas de bosque nativo sin intervención y trabajaron con siembra directa, agricultura de precisión, fertilización y semilla variable, rotación con gramíneas y aprovechamiento del biol como aporte de nutrientes al suelo.
Desafíos circulares
El principal desafío es seguir integrando la gestión ambiental a su manera de producir. “Nosotros entendemos que cuando la gestión ambiental deja de funcionar como algo separado y empieza a formar parte de las decisiones productivas, la circularidad se hace realidad”, agregan convencidos.
“Hacia adelante, el desafío es profundizar ese camino: aprovechar cada vez mejor los recursos, reducir impactos y aumentar la participación de las energías renovables”, señalan.
Entre las líneas que identificaron como desafíos mencionan la ampliación del biodigestor, una mayor generación de energía fotovoltaica para autoconsumo, ganadería regenerativa, la incorporación de residuos orgánicos regionales al biodigestor y la generación y conservación de bosques autóctonos. Y también reconocen que tienen el desafío de seguir midiendo sus emisiones de GEI en forma más regular.
“La medición de emisiones evitadas asociadas al biodigestor fue puntual y no hubo posteriores. Retomar ese trabajo permitiría medir la evolución en el tiempo y respaldar con datos concretos el impacto ambiental del modelo”, consideran.
Otro desafío que tienen hacia adelante es continuar agregando valor en origen a su producción. “Así como lo hicimos con el maíz, queremos avanzar también con la soja. En concreto, el objetivo es poder procesarla dentro del propio sistema para obtener expeller de soja, destinado a la alimentación animal, y biodiesel para autoconsumo. De esa manera buscamos seguir transformando materias primas en origen e integrar nuevos productos al modelo productivo de Las Chilcas”, finaliza Rocha.



